Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador Todo se hizo con rapidez. Aviraneta y los zapadores llegaron a la puerta, y en un momento la abrieron. Al ruido, aparecieron dos realistas en la muralla, que fueron tiroteados, y se retiraron en seguida. Abierta la puerta, los cincuenta hombres, precedidos por su jefe, pasaron, derribaron una barricada y entraron por una calle del pueblo.
Avanzaron todos en silencio por la callejuela.
—Tocad el Himno de Riego —dijo don Eugenio.
Coria estaba desierto. La pequeña tropa marchaba en medio de la oscuridad al compás del himno saltarín y bullanguero.
Poco después se oyeron otros tambores, y el Empecinado entraba en Coria.
Se encontraron el pueblo que parecía desalquilado. La gente estaba escondida. Las calles, sucias, completamente desiertas.
Fue un problema alojar los seiscientos hombres del Empecinado. El general y su ayudante fueron a parar a casa de don Marcelo Zugasti.
El Empecinado no quería quedarse en Coria, en donde apenas había medios de alimentar a sus hombres; lo que él pretendía era que el país sublevado no cortara las comunicaciones con el ejército de Extremadura.