Aviraneta o la vida de un conspirador

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Algunos valientes quisieron avanzar, y, como no veían la cuerda, fueron despedidos con violencia. Se les descerrajó una segunda descarga y una tercera.

El Empecinado había vuelto grupas, y se disponía a atacar a los perseguidores.

—No se puede pasar —le dijo Aviraneta.

—¿Por qué?

—Porque hay una cuerda.

—Cortadla.

La cortaron de un sablazo, y don Juan Martín y sus lanceros atacaron a los realistas, y les cogieron cerca de cincuenta caballos. El éxito de la escaramuza había producido gran entusiasmo.

—¡Viva el Empecinado! ¡Viva don Eugenio! —gritaron los soldados y los nacionales.

Don Juan Martín abrazó a su teniente y le prometió solicitar para él la cruz de San Fernando.

De Trevejo avanzaron a San Martín, y al día siguiente se dirigían a Ciudad Rodrigo.

El Empecinado, muy satisfecho de Aviraneta, en el parte que dio el 20 de junio le propuso para la cruz laureada de San Fernando, y, en uso de las facultades que le había concedido el ministro, le nombró capitán efectivo de caballería.

Era la segunda vez que le nombraban capitán a don Eugenio; pero ni en la primera vez ni en la segunda llegó a serlo de veras. Tenía poca suerte en la milicia.


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