Aviraneta o la vida de un conspirador

Aviraneta o la vida de un conspirador

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Pensando que don Juan Martín podría llegar ya oscuro, envió a uno de los nacionales a Trevejo para traer una cuerda gruesa de ocho o nueve varas.

El nacional volvió al poco rato con la cuerda, la ataron por una punta a un árbol de la calzada, del otro lado del castañar, a una altura de dos varas. La otra punta colgada por el suelo.

Se esperó bastante tiempo, y ya oscuro se notó que venía don Juan Martín. Llegaba perseguido muy de cerca. Los tres o cuatro milicianos apostados en el cerro dispararon varios tiros contra los perseguidores. Los feotas, despreciando el tiroteo, avanzaron con la esperanza de apoderarse del caudillo.

Pasaron los liberales y se acercaron a toda prisa los realistas.

Entonces Aviraneta, levantando la cuerda, la puso tensa, a una altura de un par de varas, y la ató al tronco de un grueso castaño.

—¡Atención! Cuando yo diga —murmuró Aviraneta.

Los jinetes realistas, que iban al galope, al llegar a tropezar con la cuerda tensa se sintieron lanzados al suelo con fuerza tremenda.

—¡Fuego! —dijo Aviraneta.

Sonó una descarga a quemarropa, y cayeron más de dos docenas de hombres al suelo.


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