Aviraneta o la vida de un conspirador

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—Veo, por lo que me ha contado —dijo lord Byron—, lo que ha sufrido usted por la libertad. Usted ha andado por países civilizados, por países como España, donde queda una gran cultura de sentimientos; aquí no, aquí no queda nada de la Grecia antigua. Soy de la opinión de San Pablo, que decía que no hay diferencia entre judíos y griegos. El carácter de los dos es igualmente vil. El griego actual no sólo es envidioso, malo y vengativo, sino que es abandonado y sucio. Es un degenerado. No tiene fe en nada. Allá en España confiaban ustedes en el compañero; aquí no se puede confiar en nadie. Además de esto, los patriotas griegos sienten gran hostilidad contra el extranjero, y hasta a nosotros mismos, que hemos venido aquí a luchar por su libertad, nos odian.

—No me diga más su excelencia —contestó Aviraneta—; si esto es así, me voy inmediatamente.

—No —le contestó Byron—. Espere. Es usted el único español que ha acudido a secundar mi empresa, y no quiero que pueda decir que no he hecho por él todo aquello que esté en mi mano. Quédese usted aquí unos días en el barco. Supongo que le convendrá descansar.

En los días sucesivos ocurrió lo propio. Byron interrogaba a Aviraneta, se reía, recitaba versos, y cuando preguntaba don Eugenio si había pensado algo para él, le contestaba que esperase.

Un día le preguntó:


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