Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador —Quizá me haya equivocado —dije, y pensé entre mÃ: «¡Con qué gusto le pegarÃa un puntapié a este imbécil!»—. Vamos a ver dónde está.
—Armario tantos…, estante tantos…, número del legajo tantos… —leyó.
Marchó el mozo, cogió un legajo, lo miré yo; no habÃa nada de Aviraneta.
—¿No nos habremos equivocado de número? —pregunté, y fui a ver el catálogo.
Efectivamente; el mozo se habÃa equivocado de número, y en otro legajo estaba la hoja de servicios de Aviraneta.
—Déjeme usted leerla.
—No, no —me dijo—. Pida usted permiso al jefe.
Fui a ver al jefe; me escuchó como escuchan los empleados españoles, mirando a otra parte, y me dijo que esperara.
Esperé en la oficina.
Por fin, me dejaron tomar unos apuntes atropelladamente.