Aviraneta o la vida de un conspirador

Aviraneta o la vida de un conspirador

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Al tercer día de su estancia en Bayona don Eugenio había hablado con los más conspicuos constitucionales, sabía sus opiniones, lo que pensaban acerca de la expedición que se estaba preparando, las simpatías y las antipatías que tenían.

Con su prudencia habitual de zorro viejo encanecido en la intriga, Aviraneta no se presentó en ningún sitio bullanguero ni se paseó por las calles en grupo con otros españoles.

A la tarde del tercer día don Canuto Aguado le avisó para que acudiese, a las nueve de la noche, a su casa. Aguado le esperaba en el portal.

—Aquí está Mina —le dijo—. Le he avisado para que hable con usted.

Subieron. Sentado ante la mesa, en un cuarto diminuto, alumbrado por un quinqué de petróleo, estaba el general don Francisco Espoz y Mina.

El general se levantó con trabajo y estrechó la mano de Aviraneta. Estaba el caudillo navarro avejentado y con aspecto de enfermo; tenía el pelo y las patillas blancas y las mejillas hundidas.

—Yo recuerdo haberle visto a usted —dijo Mina, dirigiéndose a Aviraneta—; sí…, recuerdo…, cuando la conspiración de Renovales… ¿Y qué ha hecho usted desde esta época?


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