Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador Tenía Aviraneta en Palacio un amigo que le participaba el curso de la enfermedad del monarca. Recibió una mañana el aviso de que el rey estaba en la agonía. A las seis de la tarde, la noticia de la muerte del rey era general. La gente andaba por las calles sorprendida y perpleja. Todo el mundo se figuraba que iba a ocurrir algo, aunque no se sabía qué.
Aviraneta, después de cenar, fue a una reunión liberal en una casa de la calle del Arenal, inmediata a la del conde de Oñate. En el salón del piso principal había de cuarenta a cuarenta y cinco personas reunidas en varios grupos. Iba entrando, poco a poco, más gente. Llegaron a congregarse hasta cien individuos de todas castas y pelajes.
A las diez, los cristinos, iniciadores de la reunión, dieron comienzo al acto; presidían la mesa el abogado Cambronero y Donoso Cortés, los dos muy guapos y currutacos, y don Rufino García Carrasco.
El abogado Cambronero tomó la palabra, y vino a decir de una manera florida que era necesario apoyar al Gobierno, a la reina gobernadora y a la inocente Isabel, y que todos los reunidos debían colaborar a tan santo fin.
Aviraneta, pensando que estaban divagando todos aquellos señores y sin aclarar la cuestión principal, pidió la palabra.