Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador Avanzó hasta el centro del salón con un rictus amargo en la boca, y comenzó a hablar de manera seca, áspera y cortante.
Aquella voz agria, aquella mirada siniestra, aquel tipo de pajarraco produjeron gran expectación.
Dijo que la situación había cambiado en veinticuatro horas con la muerte del rey; que todo lo que fueran dilaciones, todo lo que no fuera idear un plan y realizarlo, no sólo era perder tiempo, sino retroceder. Y terminó diciendo:
—Creo, señores, que hoy lo prudente y lo práctico es asaltar el Poder, dominar la situación incierta, proclamar una Constitución liberal y apoderarse de las trincheras para defenderse del carlismo, que es un enemigo formidable.
Al terminar el discurso hubo algunos aplausos y algunos silbidos.
Para tranquilizar el cotarro, se levantó don Rufino Carrasco y habló de varias cosas atropelladamente y sin arte, terminando con estas palabras:
—La tregua se impone, señores, ante el cadáver del rey.
Aviraneta se levantó como movido por un resorte, y, avanzando en el salón, gritó con voz agria y cortante: