Aviraneta o la vida de un conspirador

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—Que hemos encontrado a Nebot, el agente de policía de la Isabelina, a la entrada de la calle del Arenal. Nos ha dicho que hace una hora ha pasado Cea Bermúdez a Palacio en coche y que debe volver dentro de poco. ¿No le parece a usted una magnífica ocasión para echarle el guante?

Se le dijo a Urbina y a los demás lo que pasaba, y les pareció la ocasión de perlas.

—¡Hala! —exclamó Aviraneta—. ¿Cuántos somos? Nueve. Vamos cuatro por aquella acera y cuatro por esta; nos pondremos enfrente de la casa donde hemos estado. Uno que vaya ahora mismo y que se ponga delante de la plaza de Celenque. En el momento que pase el coche, que grite: «¡Sereno!». Los que tengan bastones, que se pongan en medio y peguen a los caballos hasta parar el coche. ¿Hay algo que decir?

—Nada.

Fueron los dos grupos hacia la calle del Arenal.

Al llegar a la esquina oyeron el ruido de un coche que venía de prisa por la calle Mayor. Aviraneta y otro fueron hacia él corriendo. El cochero, al ver que se acercaban dos hombres, azotó a los caballos, y el coche pasó como una exhalación.

—¡Ha cambiado el camino!

Cea Bermúdez se les escapaba. Se avisó a los grupos, y la gente se marchó cada cual a su casa.


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