Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador Al marchar con sus sanitarios a las proximidades de Arcos de la Frontera, después de terminar sus trabajos, se encontró en el campo con don Antonio Ros de Olano. Ros de Olano era hombre de gracejo, había leído mucho, era amigo de Espronceda. Preguntó a Aviraneta si no conocía al general Narváez, y le instó para que fuera con él a Arcos de la Frontera.
—Tengo una habitación soberbia en el palacio de los duques, con dos camas —le dijo—. Una se la cedo a usted.
Al llegar al pueblo y subir a la plaza, Ros de Olano llevó a don Eugenio al palacio de los duques de Arcos, en donde estaba el brigadier don Ramón María Narváez.
Aviraneta conocía a Narváez de cuando estaba organizando la Isabelina, y se le presentó el general como masón, con una contraseña del Gran Oriente, para entrar en la sociedad.
Narváez era pequeño, violento, de voz dura, rajada, aire fiero, jactancioso, ojos vivos, que relampagueaban a veces, y el labio inferior un poco belfo.
De gran facundia, era persuasivo y turbulento; a veces parecía de amor propio monstruoso, a veces le gustaba hacerse el pequeño.
Aviraneta sentía cierta antipatía por estos espadones jactanciosos y fieros.