Aviraneta o la vida de un conspirador

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Hablaron de Mina, de quien se decía que estaba muy malo, casi moribundo.

Aviraneta expuso su idea de que el ejército no podría acabar con la guerra civil y que sería necesaria una intervención, una negociación con los carlistas que trajera la tregua y luego la paz, si no se quería destrozar España estúpidamente. A Narváez le enfureció esto y habló con gran violencia del honor del ejército, con su fraseología andaluza plagada de brutalidades y de groserías.

Aviraneta se hubiera retirado algo molesto; pero Ros de Olano le dijo que no hiciera demasiado caso de las violencias de lenguaje de aquel hombre, pues todo esto era en él corteza.

Cenaron en el palacio de los duques de Arcos. Narváez, con su Estado Mayor y algunos de sus oficiales.

Al día siguiente de la llegada de Aviraneta a Arcos le despertaron los toques de corneta. Había gran animación en la plaza; iban de acá para allá los soldados, llevando calderos de rancho; los oficiales, con papeles en la mano, entraban y salían en la casa del Ayuntamiento; un grupo de sargentos charlaba en corro.

Sonaron cornetas y tambores y se fueron formando las tropas.

Estaba don Eugenio en el balcón cuando entraron Narváez y Ros de Olano a despedirse.


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