Aviraneta o la vida de un conspirador

Aviraneta o la vida de un conspirador

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Una mañana, la señorita de Taboada vio allí al general Guergué en un grupo de sus partidarios. En el corro, al lado de Guergué, estaba el oficial de la Secretaría de Guerra, don Luis Ibáñez, hombre de confianza de don Juan Antonio. En estos corros encontró a Orejón y a Bertache.

Orejón le dijo que existía una conspiración entre los puros, en la que entraban los generales García, Guergué, Sanz y Carmona, el intendente Uriz, el cura de Allegui, don Juan Echeverría; don Ramón Alló, capellán del Estado Mayor general, y otros, todos apostólicos rabiosos y absolutistas puros y netos.

Los generales rebeldes habían pensado prender a Maroto cuando pasase revista a varias fuerzas destinadas a cruzar el Ebro, y fusilarlo.

La opinión general reputaba a Maroto de masón, carbonario y protector de todos los pícaros y ateos; además, se entendía, según aseguraban, con los liberales.

Los puros, como se decían ellos, confiaban en su triunfo. Creían que la trampa preparada para Maroto, y que, según decían, había perfeccionado Carmona, era una maravilla de maquiavelismo y de precisión, y dormían tranquilos.


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