Aviraneta o la vida de un conspirador

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XLI

EL PLAN DE AVIRANETA

DÍAS después, las noticias que se recibieron de España eran tan exageradas y tan terribles, que Gamboa llamó de nuevo al Consulado a don Eugenio.

—¿Qué ha hecho usted? —le dijo al verle, de sopetón, con la cara fosca y la mirada iracunda—; esto es un crimen.

—¿Pues qué pasa?

—Pasa que, por su culpa, la sangre está corriendo a torrentes por las provincias vascongadas y Navarra.

—¡Bah! No será tanto; déjeles usted que se maten —contestó, sonriendo, Aviraneta.

—No, no. ¡Eso es criminal! Los sentimientos humanitarios de Europa están alarmados con estos sucesos.

Aviraneta y Gamboa discutieron largo rato, y, por fin, el cónsul dijo que era muy posible que los relatos, como decía don Eugenio, fueran exagerados, y que, por otra parte, le constaba que era Aviraneta buen liberal y buen patriota.

Don Eugenio, considerándose victorioso, no quiso vengarse del cónsul. Estuvo un momento dispuesto a echar en cara a Gamboa sus negocios oscuros de suministros al ejército, hechos en complicidad con los banqueros Lasal y Collado; pero se calló.

Preguntó a Gamboa si tenía bastante confianza con Espartero para proponerle un plan que en quince días concluyera con la guerra.


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