Aviraneta o la vida de un conspirador

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Subió al cuarto del hotel del Buey Coronado y miró por la ventana disimuladamente. El que le había seguido se marchaba ya, seguro de poder encontrar al forastero curioso.

A la hora de comer, al lado del plato encontró una esquela del barón de Tinan que le invitaba a ir a su casa aquella misma noche. Se dirigió a la casa del barón, le saludó, le habló de su padre y le dijo que necesitaba datos de todo lo que ocurría en Bourges.

El barón de Tinan contó irónicamente el viaje de Don Carlos, de su mujer y su séquito desde Bayona hasta allá. En Burdeos, un legitimista francés había preparado para ellos y para su comitiva un magnífico almuerzo. Era vigilia, y Villavicencio, un palaciego de Don Carlos, muy devoto, se lo advirtió a él y a su mujer.

—Tengo licencia del Papa —dijo la princesa de Beira con desenfado; y se comió unas cuantas chuletas sin tomar en cuenta la advertencia. Don Carlos hizo lo mismo.

La impresión que había causado era muy mala. Él era un imbécil. Ella, una aventurera, vieja, gorda, herpética, cínica y de mal aspecto.

—¿Habrá muchas rencillas entre esta gente? —preguntó Aviraneta.


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