Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador —¿Es usted don Eugenio de Aviraneta? —le preguntó la primera autoridad del pueblo.
—SÃ.
—Pues no tengo más remedio que detenerle a usted. Asà que vaya con este señor.
El jefe de la ronda y Aviraneta salieron del despacho y se dirigieron a la plaza del Mercado. La cárcel estaba en el arco de Toledo, y se componÃa de dos departamentos: uno en el mismo arco y otro en la antigua casa llamada de los Manifestados, edificio que quedaba de la época de la institución del Justicia.
Don Eugenio, indiferente y fumando un cigarro, pasó a la oficina del alcaide. Este, con muy buenos modos, le decomisó la maleta, los papeles y el dinero y le dio un recibo de todo ello.
Después, muy respetuosamente, le llevó a un cuarto espacioso, donde le encerró con gran ruido de llaves y cerrojos.
Al anochecer se presentaron en la cárcel el jefe polÃtico de Zaragoza, don Antonio Oviedo; el capitán general y el juez de primera instancia. Don Eugenio mostró sus credenciales, y las tres autoridades zaragozanas se mostraron un tanto confusas y perplejas al ver estos documentos.