Aviraneta o la vida de un conspirador

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Al día siguiente supo don Eugenio por el alcaide de la cárcel que estos tres señores habían determinado consultar el caso con el general Espartero, que entonces se encontraba en el campamento de Mas de las Matas.

En la cárcel estaba relativamente bien cuidado, y ya fuese la soledad y el silencio o el sistema de vida impuesto, el caso fue que se restableció completamente:

Cerca de tres semanas pasó así, hasta que una noche del mes de febrero, desde la cama, oyó ruido de cerrojos y llaves, se incorporó y se encontró en presencia del gobernador.

—¿Qué pasa? —preguntó don Eugenio.

—Pasa que está usted libre —contestó el gobernador, avanzando hacia él—; si quiere, ahora mismo se puede usted ir a la fonda.

Don Eugenio dijo que allí se encontraba bien, pero que hicieran el favor de proporcionarle para el día siguiente dos caballerías y un guía para pasar la frontera por Canfranc.

—El general Espartero —advirtió el gobernador— ha mandado que le den a usted auxilios y escolta para pasar la frontera.

Al amanecer del día siguiente se levantó, y, después de desayunar con el alcaide y de dar unas propinas a todos los que tan bien le habían cuidado, montó en su mulo y tomó el camino de la frontera.


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