Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador Cuando sacaron a don Eugenio de aquel calabozo y le pusieron en comunicación, y fue Josefina a verle, empezó a llorar al encontrarle en tan lastimoso estado. Se hallaba flaco, enfermo, sin poder tenerse en pie, los ojos inflamados, lleno de parásitos, la ropa interior sucia y casi podrida.
Indicó Aviraneta a doña Josefina que fuera a casa de Istúriz y otros amigos y que se enterara de la situación en que había quedado la política.
Don Evaristo San Miguel fue por entonces nombrado ministro de la Guerra.
Ya enterado de quiénes eran los personajes más influyentes, escribió don Eugenio una carta al general Espartero y otra a don Joaquín Francisco Pacheco, que no le contestaron.
Mandó también un documento a don Evaristo San Miguel exponiéndole los hechos y una esquela recordándole su antigua amistad y la confraternidad con los masones, y San Miguel, inmediatamente que recibió la esquela de Aviraneta, mandó ponerle en libertad.
Tras de la cárcel, fue don Eugenio a San Sebastián, alquiló una casa en el barrio de San Martín y vivió allí con su mujer cuatro años, ocupado en leer libros, escribir sus recuerdos y hacer una colección de insectos, de conchas y de caracoles. El Gobierno le había dado el retiro y el sueldo era pequeño.