Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador Contaron en el grupo la entrada de los aliados en Madrid, un dÃa de agosto, en la que se lucieron los generales, y entre los guerrilleros el Empecinado, Palarea y el Abuelo.
Los de Merino escuchaban con envidia.
—Tenéis suerte —dijo Aviraneta con amargura—; nosotros aquà no hemos visto nada.
E hizo un cuadro agrio y burlesco de la vida y costumbres del campamento de Merino.
Viendo que celebraban sus frases, Aviraneta se desbocó y empezó a decir barbaridades. Afirmó que Merino habÃa ordenado la muerte del Brigante porque se sentÃa celoso de él.
—¿Nosotros? —exclamó luego—. Nosotros ya no somos guerrilleros, sino unas viejas beatas que no hacemos más que rezar el rosario y persignamos para comer, para beber, para rascarse.
Aviraneta pensó que nadie se enterarÃa de sus palabras; pero en la taberna habÃa un enemigo suyo, y el enemigo se vengó yendo con el soplo al cura.
A los quince dÃas de esto volvieron a Salas de los Infantes. No hicieron más que llegar cuando el cura llamó a Aviraneta y a Lara, y de repente, sin incomodarse, con voz burlona y frÃa, les dijo: