Camino de perfeccion
Camino de perfeccion —Como lo oye usted. De niño fui de esas criaturas que asombran a todo el mundo por su precocidad. A los ocho años dibujaba y tocaba el piano; la gente celebraba mis disposiciones; había quien aseguraba que sería yo una eminencia; todos se hacían lenguas de mi talento menos mis padres, que no me querían. No es cosa de recordar historias tristes, ¿verdad? Mi nodriza, la pobre, a quien quería más que a mi madre, se asustaba cuando yo hablaba. Por una de esas cuestiones tristes, que decía, dejé a los diez años la casa de mis padres y me llevaron a la de mi abuelo, un buen señor, baldado, que vivía gracias a la solicitud de una vieja criada; sus hijos, mi madre y sus dos hermanas, no se ocupaban del pobre viejo absolutamente para nada. Mi abuelo era un volteriano convencido, de esos que creen que la religión es una mala farsa; mi nodriza, fanática como nadie; yo me encontraba combatido por la incredulidad del uno y la superstición de la otra. A los doce años mi nodriza me llevó a confesar. Sentía yo por dentro una verdadera repugnancia por aquel acto, pero fui, y, en vez de parecerme desagradable, se me antojó dulce, grato, como una brisa fresca de verano. Durante algunos meses tuve una exaltación religiosa grande; luego, poco a poco, las palabras de mi abuelo fueron haciendo mella en mí, tanto que, cuando a los catorce o quince años me llevaron a comulgar, protesté varias veces. Primero, yo no quería llevar lazo en la manga; después dije que todo aquello de comulgarse era una majadería y una farsa, y que en una cosa que va al estómago y se disuelve allí no puede estar Dios, ni nadie. Mi abuelo sonreía al oírme hablar; mi madre, que aquel día estaba en casa de su padre, no se enteró de nada; mi nodriza, en cambio, se indignó tanto que casi reprendió a mi abuelo porque me imbuía ideas antirreligiosas. Él la contestó riéndose. Poco tiempo después, al ir a concluir yo el bachillerato, mi abuelo murió, y la presencia de la muerte y algo doloroso que averigüé en mi familia me turbaron el alma de tal modo que me hice torpe, huraño, y mis brillantes facultades desaparecieron, sobre todo mi portentosa memoria. Yo, por dentro, comprendía que empezaba a ver las cosas claras, que hasta entonces no había sido más que un badulaque; pero los amigos de casa decían: —Este chico se ha entontecido—. Mi madre, a quien indudablemente estorbaba en su casa y que no quería tenerme a su lado, me envió a que concluyese el grado de bachiller a Yécora, un lugarón de la Mancha, clerical, triste y antipático. Pasé en aquella ciudad levítica tres años, dos en un colegio de escolapios y uno en casa del administrador de unas fincas nuestras, y allí me hice vicioso, canalla, mal intencionado; adquirí todas estas gracias que adornan a la gente de sotana y a la que se trata íntimamente con ella. Volví a Madrid cuando murió mi padre; a los diez y ocho años me puse a estudiar, y yo, que antes había sido casi un prodigio, no he llegado a ser después ni siquiera un mediano estudiante. Total: que gracias a mi educación han hecho de mí un degenerado.