Camino de perfeccion
Camino de perfeccion En una calle que desembocaba en la plaza vio una iglesia románica con un claustro exterior. Estaba pintada de amarillo; el pórtico tenía a los lados dos imágenes bizantinas, de esas figuras alargadas, espirituales que admiran y hacen sonreír al mismo tiempo, como si en su hierática postura y en su ademán petrificado hubiese tanto de exaltación mística como de alegría y de candidez.
El interior de la iglesia estaba revocado con una torpeza e ignorancia repulsivas.
Molduras de todas clases, ajedrezadas y losanjeadas; filigranas de los capiteles, grecas y adornos habían quedado ocultos bajo una capa de yeso.
Estaban desesterando la iglesia; reinaba en ella un desorden extravagante. Encima de un sepulcro de alabastro se veía un montón de sillas y de palos; sobre la mesa del altar habían dejado un fardo de alfombras arrolladas. Ossorio salió al claustro y se entretuvo en contemplar los capiteles románicos: aquí se veían guerreros con espadas en la mano, haciendo una matanza de chicos; allá, luchas entre hombres y animales fantásticos; en otro lado, la perdiz con cabeza humana, de tan extraña leyenda arqueológica.