Camino de perfeccion
Camino de perfeccion —¿ES Illescas? —preguntó Fernando.
—Sí, es Illescas —contestó Polentinos.
Se veía desde lejos el Hospital de la Caridad y la alta torre de la Asunción, recortándose sobre el cielo azul blanquecino luminoso, y a los pies de la torre un montón pardusco de tejados.
Un camino polvoriento, con álamos raquíticos, subía hacia la iglesia.
Tomaron por la alameda y fueron acercándose al pueblo, que parecía dormido profundamente bajo un sol ardiente, abrasador; las puertas de las casas estaban cerradas; sus paredes reflejaban una luz deslumbradora, cruda, que cegaba; entre los hierros de las rejas, terminadas en la parte alta por cruces, brillaban rojos geranios y claveles.
Atontados por el calor, que caía como un manto de plomo, siguieron andando hasta llegar a casa de la hija de Polentinos.
Entraron en la casa.
Fernando pudo notar la frialdad con que recibieron al señor Nicolás, excepto la jorobadita, que le abrazó con efusión.