Camino de perfeccion

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El yerno miró a Fernando con desconfianza, y este dijo que se iba. Como habían comido ya en la casa, decidieron el señor Nicolás y Ossorio ir a la fonda del pueblo, y enviaron a una muchacha a que encargara la comida.

Fernando, con el pretexto de que quería ver la iglesia, salió de la casa, diciéndole a Polentinos que le esperaría en la fonda.

Fernando salió, y al ver el Hospital de la Caridad abierto, entró en su iglesia; pasó primero por un patio con árboles.

La iglesia estaba desierta. Se sentó en un banco a descansar. Enfrente, en el altar mayor, ardían dos lamparillas de aceite: una muy alta, otra junto al suelo. Había un silencio de esos que parecen sonoros; del patio llegaba a veces el piar de los pájaros; al paso de alguna carreta por la calle, retemblaba el suelo. De la bóveda central de la iglesia colgaban, suspendidas por barras de hierro, dos lámparas grandes, envueltas en lienzos blancos, como dos enormes lagrimones helados; de vez en cuando crujía, por el calor, alguna madera.

Fernando se acercó a la gran verja central, pintarrajeada, plateresca, que dividía el templo, y vio en el fondo unas viejas vestidas de negro que andaban de un lado a otro. Salió de allá, y en el patio se encontró con Polentinos.


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