Camino de perfeccion
Camino de perfeccion LLEGÓ a la imperial ciudad por la mañana, a las ocho.
Entró por el puente de Alcántara.
El día era fresco, hermoso, tranquilo. El cielo, azul, limpio, con nubes pequeñas, redondeadas, negruzcas en su centro, adornadas con un reborde blanco reverberante.
El cochero le recomendó una casa de huéspedes de la plaza de las Capuchinas que él conocía; pero Fernando prefería ir a un mesón.
El cochero paró el coche en una posada a la entrada de Zocodover, enfrente de un convento.
Era el mesón modernizado, con luz eléctrica, pero simpático en su género. Un pasillo en cuesta, con el suelo recubierto de cascajo, conducía a un patio grande, limpio y bien blanqueado, con techumbre de cristalería en forma de linterna.
En el patio se abrían varias puertas: la de las cuadras, la de la cocina, y otras, y desde él subía la escalera para los pisos altos de la casa. Era el patio el centro de la posada: allí estaba la artesa para lavar la ropa, el aljibe con su pila para que bebiese el ganado; allí aparejaban los arrieros los caballos y las mulas, y allí se hacía la tertulia en el verano al anochecer.