Camino de perfeccion

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En aquella hora, el patio estaba desierto; llamó Ossorio varias veces, y apareció el posadero, hombre bajo y regordete, que abrió una de las puertas, la del comedor, e hizo pasar a Fernando a un cuarto largo, estrecho, con una mesa también larga en medio, dos pequeñas a los lados, y en el fondo dos armarios grandes y pesadotes, llenos de vajilla pintarrajeada de Talavera.

Desayunóse Fernando, y salió a Zocodover.

La luz del sol le produjo un efecto de dolor en los ojos, y, algo mareado, se sentó en un banco.

Una turba de chiquillos famélicos se acercó a él.

—¿Quiere usted ver la Catedral, San Juan de los Reyes, la Sinagoga?

—No, no quiero ver nada.

—Una buena fonda; un intérprete.

—No, nada.

Musiú, musiú, deme usted un —gritaban otros chiquillos.

Fernando volvió a la posada y se acostó pronto. Al día siguiente se encontró con que no podía abrir los ojos de inflamados que nuevamente los tenía, y se quedó en la cama.

La gente del mesón le dejaba solo, sin cuidarse más que de llevarle la comida.

En aquel estado era un flujo de pensamientos el que llegaba a su cerebro.


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