Camino de perfeccion

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—Esta hija… es más repicotera. ¿Pues qué vas a hacer si no te casas?

—¡Cómo me casaré!

Teresa, la colegiala, era graciosa; tenía la estatura de Adela, la nariz afilada, los labios delgados, los ojos verdosos, los dientes pequeños y la risa siempre apuntando en los labios, una risa fuerte, clara, burlona; sus ademanes eran felinos. Repetía una porción de gracias que sin duda corrían por el Colegio, y las repetía de tal manera, que hacía reír.

A las primeras palabras que le dijo Fernando, le interrumpió ella diciéndole:

—¡Ay, qué risa con usted y con su suegra!

Teresa contó lo que pasaba en el Colegio.

La superiora era perrísima; la rectora también tenía más mal genio. Entre las mayores había una que dirigía la cocina, otras, las labores.

—Pero ¿viven ustedes todas juntas, o en cuartos?

—Cada una en su cuarto, y no nos reunimos más que para comer y rezar. ¡Es más aburrido!… Cada cuatro jóvenes tienen una mayor que las dirige, a la que llamamos tía.

—Y usted, ¿qué piensa hacer? ¿Salir del colegio, para casarse o meterse monja?

—Sí, monja… de tres en celda —replicó Adela, creyendo que la frase debía de tener mucha malicia.


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