Camino de perfeccion
Camino de perfeccion —Yo quisiera casarme —dijo Teresa— con un hombre muy rico. A mà me entusiasman las batas de color de rosa, y las perlas y los brillantes. Luego, riéndose, añadió: —¡Ya sé que no me casaré sino con un pobretón! ¡Que les zurzan a los ricos con hilo negro!
—Pues yo —manifestó Adela— quisiera una casita en un cigarral y un marido que me quisiera muchÃsimo, y que yo le quisiera muchÃsimo, y que…
—Hija, qué perrÃsima eres —repuso la colegiala, y rodeó el cuello de Adela con su brazo y la atrajo hacia sÃ.
—Déjame, muchacha.
—No quiero, de castigo.
—¿A que no puede usted con ella? —preguntó Fernando a Teresa, señalando a su hermana.
—¿Que no? ¡Vaya! Y la estrechó entre sus brazos, sujetándola y besuqueándola.
Era aquella Adelita muy decidida y muy valiente, no callaba nada de lo que la pasaba por la imaginación. Volvieron a hablar Teresa y Adela de novios y de amorÃos.
—¿Pero qué? —dijo Fernando—, ¿dos muchachas tan bonitas como ustedes no tienen ya sus respectivos galanes…, algún gallardo toledano; alguno de Sonseca?…
—¿Los de Sonseca…? Son más cazuelos —contestó Teresa.