Camino de perfeccion
Camino de perfeccion Durante todo el día oyó Fernando la charla de las dos, interrumpida por carreras que daban por los pasillos de la casa, y por no pocas discusiones y riñas. Sobre todo, Adela, aquella muchacha tan valiente y decidida, era muy agradable y simpática.
—Yo no he estado en Madrid —le decía a Fernando antes de marcharse al colegio, con los ojos verdes brillantes—. ¡Debe ser más bonito! —añadía juntando las manos y sonriendo.