Camino de perfeccion

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XXV

A los dos meses de estar en Toledo, Fernando se encontraba más excitado que en Madrid.

En él influían de un modo profundo las vibraciones largas de las campanas, el silencio y la soledad que iba a buscar por todas partes.

En la iglesia, en algunos momentos, sentía que se le llenaban los ojos de lágrimas; en otros seguía murmurando por lo bajo, con el pueblo, la sarta de latines de una letanía o las oraciones de la misa.

Él no creía ni dejaba de creer. Él hubiese querido que aquella religión tan grandiosa, tan artística, hubiera ocultado sus dogmas, sus creencias, y no se hubiera manifestado en el lenguaje vulgar y frío de los hombres, sino en perfumes de incienso, en murmullos del órgano, en soledad, en poesía, en silencio. Y así, los hombres, que no pueden comprender la divinidad, la sentirían en su alma, vaga, lejana, dulce, sin amenazas, brisa ligera de la tarde que refresca el día ardoroso y cálido.

Y, después, pensaba que quizá esta idea era de un gran sensualismo, y que en el fondo de una religión así, como él la señalaba, no había más que el culto de los sentidos. Pero ¿por qué los sentidos habían de considerarse como algo bajo, siendo fuentes de la idea, medios de comunicación del alma del hombre con el alma del mundo?


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