Camino de perfeccion
Camino de perfeccion Muchas veces, al estar en la iglesia, le entraban grandes ganas de llorar, y lloraba.
«¡Oh! Ya estoy purificado de mis dudas —se decÃa a sà mismo—. Ha venido la fe a mi alma.»
Pero, al salir de la iglesia a la calle, se encontraba sin un átomo de fe en la cabeza. La religión producÃa en él el mismo efecto que la música: le hacÃa llorar, le emocionaba con los altares espléndidamente iluminados, con los rumores del órgano, con el silencio lleno de misterio, con los borbotones de humo perfumado que sale de los incensarios.
Pero que no le explicaran, que no le dijeran que todo aquello se hacÃa para no ir al infierno y no quemarse en lagos de azufre lÃquido y calderas de pez derretida; que no le hablasen, que no le razonasen, porque la palabra es el enemigo del sentimiento; que no trataran de imbuirle un dogma; que no le dijeran que todo aquello era para sentarse en el paraÃso al lado de Dios, porque él, en su fuero interno, se reÃa de los lagos de azufre y de las calderas de pez, tanto como de los sillones del paraÃso.
La única palabra posible era amar. ¿Amar qué? Amar lo desconocido, lo misterioso, lo arcano, sin definirlo, sin explicarlo. Balbucear como un niño las palabras inconscientes. Por eso la gran mÃstica Santa Teresa habÃa dicho: «El infierno es el lugar donde no se ama».