Camino de perfeccion
Camino de perfeccion AQUELLA misma tarde, en una librería religiosa de la calle del Comercio, compró Fernando los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola.
Sentía al ir a su casa verdadero terror y espanto, creyendo que aquella obra iba a concluir de perturbarle la razón.
Llegó a casa, y en su cuarto se puso a leer el libro con detenimiento.
Creía que cada palabra y cada frase estampadas allí debían de ser un latigazo para su alma.
Poco a poco, a medida que avanzaba en la lectura, viendo que la obra no le producía el efecto esperado, dejó de leer y se propuso reflexionar y meditar en todas las frases aquellas, palabra por palabra.
Al día siguiente reanudó la lectura, y el libro le siguió pareciendo la producción de un pobre fanático ignorante y supersticioso.
A Fernando, que había leído el Eclesiastés, le parecían los pensamientos del oscuro hidalgo vascongado sencillas vulgaridades.
El infierno, en aquel librito, era el lugar tremebundo pintado por los artistas medievales, por donde se paseaba el demonio con su tridente y sus ojos llameantes y en donde los condenados se revolvían entre el humo y las llamas, gritando, aullando, en calderas de pez hirviente, lagos de azufre, montones de gusanos y de podredumbre.