Camino de perfeccion
Camino de perfeccion UN día que Fernando paseaba en el Zocodover, vio venir hacia él un muchacho teniente, amigo suyo, que se le acercó, le alargó la mano y se la apretó con efusión.
—Fernando, ¿tú por aquí?
Ossorio conocía desde niño al teniente Arévalo, pero no con gran intimidad.
Se pusieron a charlar, y al irse para casa Fernando dijo al teniente:
—No te convido a comer, porque aquí se come bastante mal.
—Hombre, no importa; vamos allá.
A Fernando le molestaba Arévalo, porque pensaba que querría darse tono entre la gente bonachona y silenciosa de la casa de huéspedes. Se sentaron a la mesa. El teniente habló de la vida de Toledo; de los juegos de ajedrez en el café Imperial; de los paseos por la Vega. En el teatro de Rojas no se sostenían las compañías.
Había ido una que echaba dos dramas por función; pusieron el precio de la butaca a seis reales y no fue nadie.
Sólo los sábados y los domingos había una buena entrada en el teatro. En el pueblo no había sociedad, la gente no se reunía, las muchachas se pasaban la vida en su casa.