Camino de perfeccion

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XXVII

UN día que Fernando paseaba en el Zocodover, vio venir hacia él un muchacho teniente, amigo suyo, que se le acercó, le alargó la mano y se la apretó con efusión.

—Fernando, ¿tú por aquí?

Ossorio conocía desde niño al teniente Arévalo, pero no con gran intimidad.

Se pusieron a charlar, y al irse para casa Fernando dijo al teniente:

—No te convido a comer, porque aquí se come bastante mal.

—Hombre, no importa; vamos allá.

A Fernando le molestaba Arévalo, porque pensaba que querría darse tono entre la gente bonachona y silenciosa de la casa de huéspedes. Se sentaron a la mesa. El teniente habló de la vida de Toledo; de los juegos de ajedrez en el café Imperial; de los paseos por la Vega. En el teatro de Rojas no se sostenían las compañías.

Había ido una que echaba dos dramas por función; pusieron el precio de la butaca a seis reales y no fue nadie.

Sólo los sábados y los domingos había una buena entrada en el teatro. En el pueblo no había sociedad, la gente no se reunía, las muchachas se pasaban la vida en su casa.


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