Camino de perfeccion

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XXVIII

ENTRARON en el comedor, provisionalmente alhajado. Era ya el anochecer. Se sentaron a la mesa, además del anfitrión, el médico grueso, el teniente Arévalo y Fernando.

La conversación revoloteó sobre todos los asuntos, hasta que fue a parar en los atentados anarquistas.

Arévalo señaló a Ossorio como uno de tantos demagogos partidarios de la destrucción en el terreno de las ideas.

El pedagogo se sintió indignado, y entonces el gobernador le dijo:

—Pero si aquí todos somos anarquistas.

El pedagogo anunció que iba a hacer un libro en el cual plantearía, como única base de la sociedad, esta: «El fin del hombre es vivir».

Los cuatro comensales, en vez de encontrar la base social hallada por el pedagogo firme y sólida, la creyeron digna de la chacota y de la broma.

—Pues, sí, señor; es la única base social: El fin del hombre es vivir. Es verdad que esta frase puede representar lo más egoísta y mezquino si se dice: El fin de cada hombre es vivir.

A pesar del distingo, todos rieron a costa de la base social tan importante y trascendentalísima.

De esta cuestión, mezclada con ideas políticas y sociales, se pasó a hablar del arzobispo de Toledo.


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