Camino de perfeccion
Camino de perfeccion Un día Fernando se decidió a escribir a la monja. Lo hizo así, y fue a la portería del convento a convencer a la portera para que entregase la carta a la monja.
Por la conversación que tuvo con la portera, comprendió que no haría nunca lo que él deseaba.
Lo único que averiguó fue que la monja pálida, de ojos negros, alta y delgada, se llamaba la hermana Desamparados, y que era la que tocaba el órgano y el armónium en las fiestas.
Todos los días Ossorio iba dispuesto a entregarle una carta rabiosa, proponiéndola escaparse de allá con él, que estaba dispuesto a todo.
Se sentía a veces con fuerza para hacer un disparate muy grande; otras, se sentía débil como un niño.
Le indignaba pensar que aquella mujer, en cuyos ojos se leía el orgullo, la pasión, tuviera que vivir encerrada entre viejas imbéciles, sufriendo el despotismo de la superiora, atormentada por pensamientos de amor, sin ver el cielo azul.
Una mañana, después de misa, Fernando vio a la hermana Desamparados rezando en un reclinatorio, cerca de la verja. En el coro no había más que otra monja. La superiora no estaba.
Fernando, haciendo como que miraba a un altar, con la mano izquierda introdujo la carta por la reja.