Camino de perfeccion
Camino de perfeccion A un lado de la plaza se veía la fachada de una iglesia con pórtico bajo, sostenido por columnas de piedra y cubierto con techumbres de tejas llenas de musgos.
En los otros lados, altas paredes de ladrillo, con una fila de celosías junto al alero, puertas hurañas, ventanucas con rejas carcomidas en la parte baja… Un silencio de campo reinaba en la plazoleta; el grito de algún niño o las pisadas del caballo de algún aguador, que otras veces turbaban el callado reposo, no sonaban en el aire tranquilo de aquella tarde dominguera, plácida y triste. El cielo estaba azul, limpio, sereno; de vez en cuando llegaba de lejos el murmullo del río, el cacareo estridente de algún gallo.
Mecánicamente Ossorio volvía hacia el convento y le daba vueltas. Una de las veces advirtió un rumor a rezo que salía de las celosías, y después el tintineo de una campanilla.
Una impresión de tristeza y de nostalgia acometió su espíritu, y escuchó durante algún tiempo aquellos suaves murmullos de otra vida.
Inquieto e intranquilo, sin saber por qué, con el corazón encogido por una tristeza sin causa, sintió una gran agonía en el espíritu al oír las vibraciones largas de las campanas de la catedral, y hacia la santa iglesia encaminó sus pasos.