Camino de perfeccion

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XXX

DÍAS después, Fernando buscó por todas partes al teniente Arévalo, hasta que lo encontró.

—Chico —le dijo—, necesito de ti. Tengo un aburrimiento mortal. Llévame a alguna parte que tú conozcas.

—Veo que vuelves al buen camino. Comeremos hoy en casa de Granullaque platos regionales, nada más que platos regionales. Te presentaré dos muchachas que conozco muy amables. Si quieres, las convidamos a comer, ¿eh?

—Sí.

—Bueno. Entonces yo preparo todo, y tú me esperas en tu casa, adonde iré a recogerte.

A las tres de la mañana se retiraron los dos amigos.

Al otro dĂ­a se levantĂł Fernando a las doce, y no pudo asistir, como acostumbraba, a la misa del convento.

Se encontraba débil, turbado, sin fuerzas.

Apenas pudo comer, y después de levantarse de la mesa se dirigió en seguida al convento por ver si la iglesia estaba abierta, como domingo; pero, viendo que no lo estaba, comenzó a pasearse por las callejuelas próximas.

Cerca habĂ­a una plaza triste, solitaria, a la cual se llegaba recorriendo dos estrechos pasadizos, oscuros y tortuosos.


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