Camino de perfeccion

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XXXI

—Y usted, ¿dónde duerme? —preguntó Ossorio a Adela.

—En el segundo piso.

—¿Sola, en su cuarto?

—Sí.

—¿Y no tiene usted miedo?

—Miedo, ¿de qué?

—Figúrese usted que dejara la puerta abierta y entrara alguno…

—¡Ca!

Fernando sintió una oleada de sangre que afluía a su cara.

Adela estaba también roja y turbada, no tenía el aspecto monjil de los demás días, sonreía forzadamente y sus mejillas estaban coloreadas con grandes chapas rojas.

Hablaban de noche en el comedor, iluminado por la lámpara de aceite que colgaba del techo.

Doña Antonia y la vieja criada habían salido a la novena.

La abuela, con el niño en brazos, dormía en una silla. Adela y Ossorio estaban solos en la casa. Habían hablado tanto de los deseos y aspiraciones de cada uno, que se habían quedado ambos turbados al mismo tiempo. Adela escuchaba atentamente por si se oía llamar a la puerta, quizá deseando, quizá temiendo que llamaran.


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