Camino de perfeccion
Camino de perfeccion —Y usted, ¿dónde duerme? —preguntó Ossorio a Adela.
—En el segundo piso.
—¿Sola, en su cuarto?
—Sí.
—¿Y no tiene usted miedo?
—Miedo, ¿de qué?
—Figúrese usted que dejara la puerta abierta y entrara alguno…
—¡Ca!
Fernando sintió una oleada de sangre que afluía a su cara.
Adela estaba también roja y turbada, no tenía el aspecto monjil de los demás días, sonreía forzadamente y sus mejillas estaban coloreadas con grandes chapas rojas.
Hablaban de noche en el comedor, iluminado por la lámpara de aceite que colgaba del techo.
Doña Antonia y la vieja criada habían salido a la novena.
La abuela, con el niño en brazos, dormía en una silla. Adela y Ossorio estaban solos en la casa. Habían hablado tanto de los deseos y aspiraciones de cada uno, que se habían quedado ambos turbados al mismo tiempo. Adela escuchaba atentamente por si se oía llamar a la puerta, quizá deseando, quizá temiendo que llamaran.