Camino de perfeccion

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Tenían que decirse muchas cosas; pero si las palabras pugnaban por brotar de sus labios, la prudencia lo impedía. No se conocían, no se podían tener cariño, y, sin embargo, temblaban y el corazón latía en uno y en otro como un martillo de fragua.

—¿Y si yo?… —le dijo Fernando.

—¿Qué? —preguntó la muchacha penosamente.

—Nada, nada.

Estuvieron mirándose de reojo largo tiempo.

De pronto oyeron llamar a la puerta. Era doña Antonia y la criada.

Fernando se levantó de la mesa, miró a la muchacha y esta le miró también, sofocada y temblorosa.

Fernando salió a la calle abrumado por deseos agudos; no encontraba ninguna idea moral en la cabeza que le hiciese desistir de su proyecto.

—La muchacha era suya —pensaba él—. Es indudable. ¡Afuera escrúpulos! La moral es una estupidez. Satisfacer un ansia, dejarse llevar por un instinto, es más moral que contrariarlo.

El aire frío de la noche, en vez de calmar su excitación, la agrandaba. Parecía que tenía el corazón hinchado.


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