Camino de perfeccion
Camino de perfeccion «Es la vida —decÃa él— que quiere seguir su curso. ¿Quién soy yo para detener su corriente? Hundámonos en la inconsciencia. En el fondo es ridÃcula, es vanidosa la virtud. Yo siento un impulso que me lleva a ella, como ella siente hoy impulso que la empuja hacia mÃ. Ni ella ni yo hemos creado este impulso. ¿Por qué vamos a oponernos a él?»
RecorrÃa, mientras tanto, las calles oscuras, los pasadizos…
La noche estaba fresca y húmeda.
—Es verdad que puede haber consecuencias para ella que para mà no existen. Estas consecuencias pueden truncar la vida a esa pobre muchacha de aspecto monjil. ¿Y qué? Nada, nada. Hay que cegarse. Esta preocupación por otro es una cobardÃa. Esperaré en un café.
Estuvo más de una hora allÃ, sin poder coordinar sus pensamientos, hasta que se levantó, decidido.
—Voy a casa —murmuró—, y salga lo que salga.
Se acercó a la plaza de las Capuchinas, abrió la puerta, subió las escaleras, entró en su cuarto y apagó la luz.
El corazón le latÃa con fuerza; se agitaban en su cerebro, en una ebullición loca, pensamientos embrionarios, ideas confusas de un idealismo exaltado, y recuerdos intensos gráficos de una pornografÃa monstruosa y repugnante.