Camino de perfeccion
Camino de perfeccion Oyó cómo se cerraban las puertas de los cuartos; vio que se apagaba la luz.
Al poco rato, Adela paso por el corredor a su cuarto. Luego de esto, Fernando, sin zapatos, salió de su alcoba. Recorrió el pasillo, llegó a la cocina y empezó a subir la escalera.
Llegó al descansillo del cuarto de la muchacha. La alcoba era muy pequeña, y tenía un ventanillo alto, que daba a la escalera.
Por él vio Fernando a la muchacha, que se persignaba y rezaba ante un altarillo formado por una virgen de yeso, puesta sobre una columna, encima de una cómoda grande y antigua. Fernando, que en su turbación discurría con frialdad, pensó:
—Reza con fe. Esperemos.
La muchacha comenzó a desnudarse, mirando de vez en cuando hacia la puerta. Se veía que estaba intranquila. A veces miraba al vacío.
De pronto, la mirada de los dos debió cruzarse. Fernando, sin pensar ya en nada, se acercó a la puerta y empujó. Estaba cerrada.
—¿Quién? —dijo ella, con voz ahogada.
—Yo; abre —contestó Fernando.
La puerta cedió.