Camino de perfeccion

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Ossorio entró en el cuarto, cogió a la muchacha en sus brazos, la estrujó y la besó en la boca. La levantó en el aire para dejarla en la cama, y al mirarla la vio pálida, con una palidez de muerto, que doblaba la cabeza como un lirio tronchado.

Entonces Fernando sintió un estremecimiento convulsivo, y le temblaron las piernas y le castañetearon los dientes, vio ráfagas de luz, círculos luminosos y espadas de fuego. Temblando como un enfermo de la médula, salió del cuarto, cerró la puerta y bajó a la cocina; de allí salió al pasillo y entró en su alcoba. Se puso las botas y salió a la calle, siempre temblando, con las piernas vacilantes.

La noche estaba fría, brillaban las estrellas en el cielo. Trataba de coordinar sus movimientos, y sus miembros no respondían a su voluntad. Empezaba a sentir un verdadero placer por no haberse dejado llevar por sus instintos. No; no era sólo el animal que cumple una ley orgánica: era un espíritu, era una conciencia.

¿Qué hubiese hecho la pobre muchacha, tan buena, tan apacible, tan sonriente?

Él hubiera podido casarse con ella, pero hubiesen sido desgraciados los dos.

En aquel momento se acordó de una muchacha de Yécora, a quien había seducido, aunque en sus relaciones ni cariño ni nada semejante hubo.


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