Camino de perfeccion

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Fueron a los bastidores; el escenario era muy pequeño; los cuartos de los cómicos, más pequeños todavía. El alcalde hizo entrar a Fernando en el cuarto de la primera actriz. Estaban allí sentados, en un sofá roto, la hermana de Lola, Mencía Sánchez, con la cara afilada, llena de polvos de arroz y de lunares; el director artístico de la compañía, Yáñez de la Barbuda, un joven que a primera vista se comprendía que era imbécil, escritor aficionado al teatro, que se arruinaba contratando compañías para que representasen sus dramas; Lolita Sánchez, una mujer insignificante muy pintada, con los ojos negros y la boca muy grande, y algunas personas más.

Como no cabían todos en el cuarto, Fernando se quedó de pie cerca de la puerta, sin aceptar los ofrecimientos que le hicieron de sentarse, y, al ver que no se fijaban en él, se escabulló, e iba a salir a la calle cuando se encontró con dos amigos, también del colegio, que no le permitieron escaparse. Eran ambos la única representación del intelectualismo en Yécora; hablaban de Bourget, de Prevost con el respeto que se puede tener por un fetiche.

—No creas, vale la pena de ver a Lola Sánchez —le dijo uno a Fernando.

—Es una mujer digna de estudio —aseguró el otro.

—Una voluptuosa —murmuró el primero.


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