Camino de perfeccion
Camino de perfeccion Aquel día, Fernando, después de dar una vuelta y esperar a su amigo, entró en la cocina de la casa contigua. Como domingo, el labrador y su mujer habían ido a misa a un poblado próximo. No quedaba en casa mas que el abuelo y tres muchachas casi de la misma edad, ataviadas con pañuelos blancos en la cabeza.
La cocina era grande, encalada, con una chimenea que ocupaba la mitad del cuarto. De algunas perchas de madera colgaban arreos para los caballos y las mulas; en un rincón había un arca y sobre un vasar una caja de alhelíes.
Fernando estuvo charlando con el viejo y con las mozas; después se puso a jugar a la bola con dos muchachos de la casa, y cuando se cansó subió a su cuarto a distraerse con sus propias meditaciones.
Al mediodía volvió el amigo de Fernando.
—Mira —le dijo a este—, yo aquí he terminado lo que tenía que hacer. Me voy; pero si tú quieres estar, te quedas el tiempo que te dé la gana.
—Pues me quedo.
—Muy bien.
Comieron, y el amigo se marchó en seguida de comer en su carricoche.