Camino de perfeccion

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Fernando, al verse solo, sin saber qué hacer, se tendió en la cama. Desde allí, por la ventana abierta, veía los crestones del monte, destacándose con todas sus aristas en el cielo; a un lado y a otro las vertientes parecían sembradas de piedras; más abajo se destacaban algunos olivos en hileras simétricas, algunos viñedos y después el camino blanco, lleno de polvo, que se alejaba hasta el infinito, en medio de aquella desolación adusta, de aquel silencio aplanador.

Al caer de la tarde, Fernando se levantó de la cama y se fue a jugar otra vez a la bola con los dos muchachos, y cuando oscureció entró con ellos en la cocina. El labrador y su padre, ambos sentados en el banco de piedra, hablaban; la mujer hacía media; las mocitas jugueteaban.

El abuelo contó a Fernando las hazañas de Roche, un bandido generoso, como todos los bandidos españoles, y después describió las maravillas de una cueva del monte cercano, en la cual, según viejas tradiciones, se habían refugiado los moros. Se entraba en la cueva, decía el viejo, y a poco andar topaba uno con una puerta ferrada, que a los lados tenía hombres de piedra con grandes mazas; si alguno trataba de acercarse a ellos, levantaban las mazas y las dejaban caer sobre el importuno visitante.

Después de esta relación, el viejo le preguntó a Ossorio:


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