Camino de perfeccion
Camino de perfeccion —¿Y qué? ¿Se va usted a quedar aquí durante algún tiempo?
—Sí, me parece que sí.
—A ver si hace usted como Juan Sedeño.
—¿Quién es? No le conozco.
—Juan Sedeño es un señorito de Yécora que se gastó todo el dinero en Madrid, y vino hace ocho años y no quiso ir a vivir a la ciudad, y dijo que en la corte o en el campo, y vive en una choza. Eso sí, se pasea por la casa con traje negro y con futraque.
—¿Pero, qué hace? ¿Lee o escribe?
—No, no hace mas que eso: pasearse vestido como un caballero.
—Pues es una ocupación.
—¡Vaya!
Cuando dieron las diez se concluyó la reunión en la cocina, y se fueron todos a acostar. En los días posteriores, Fernando siguió haciendo las mismas cosas; aquella vida monótona comenzó a dar a Ossorio cierta indiferencia para sus ideas y sensaciones. Allí comprendía, como en ninguna parte, la religión católica en sus últimas fases jesuíticas, seca, adusta, fría, sin arte, sin corazón, sin entrañas; aquellos parajes, de una tristeza sorda, le recordaban a Fernando el libro de San Ignacio de Loyola que había leído en Toledo. En aquella tierra gris los hombres no tenían color; eran su cara y sus vestidos parduscos, como el campo y las casas.