Camino de perfeccion
Camino de perfeccion De noche era costumbre visitar las iglesias; Fernando entró en una. En el ámbito anchuroso y negro se veía el altar iluminado por unas cuantas velas que brillaban en la oscuridad; el órgano, después de sollozar por la agonía de Cristo, había enmudecido por completo. Un silencio lleno de horrores resonaba en la negrura insondable de las naves. En los rincones, sombras negras de mujer, sentadas en el suelo, inclinaban la cabeza participando con toda su alma de las angustias y suplicios legendarios del Crucificado.
Al entrar y salir, hombres y mujeres se arrodillaban ante un Nazareno con faldas moradas, iluminado por una lámpara; después se abalanzaban sobre él y besaban sus pies, con un beso que resonaba en el silencio. Ponían los labios unos donde los habían puesto los otros.
Delante de los confesionarios se amontonaban viejas con mantellinas sobre la frente, y plañían y lanzaban en el aire mudo, frío, opaco, de la iglesia, hondos y dolorosos suspiros.