Camino de perfeccion

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IV

NO conocía Fernando al hermano de su abuelo. No le había visto más que de niño alguna vez, y si no le hubiese escrito su tía Laura diciéndole que el tío había muerto y que se presentara en la casa, Fernando no se hubiera ocupado para nada de un pariente a quien no conocía. Aunque murmurando y de mala gana, Ossorio fue por la tarde a casa del hermano de su abuelo, a un caserón de la calle del Sacramento. Llegó a la casa y le hicieron pasar inmediatamente a un gabinete. Se habían reunido allí los notables de la familia. Acababa el juez de abrir y leer el testamento del anciano señor y todos los parientes bufaban de rabia; una de las partes más saneadas de la fortuna se les marchaba de entre las manos e iba a parar a la hija de una querida del viejo. El marqués, cuñado de Luisa Fernanda, se había sentado en el sofá, y su abultado abdomen, en forma puntiaguda, le bajaba entre las dos piernecillas de enano; vestía chaleco blanco y corbata también blanca; llevaba a sus labios húmedos con sus dedos gordos y amorcillados un cigarro puro y escuchaba los distintos pareceres, aprobándolos o desaprobándolos. Su hermano dormitaba en una butaca, y un primo de ambos, que parecía un pez por su cara, se paseaba de un lado a otro, apoyándose en el respaldo de las sillas.

«Hay que solucionar el conflicto», decía a cada momento. Parecía que le había tomado gusto a la palabra solucionar.


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