Camino de perfeccion

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Al anochecer, las dos muchachas dejan el trabajo y andan de aquí para allá. Todas son sorpresas.

—Mira, Blanca, qué pronto ha brotado esta flor.

—¡Ay!, dona, ya han salido las enredaderas que planté.

El otro día le dije a Dolores:

—Pues si tuviera usted un gran jardín, ¿qué haría usted?

—¡Psch! Tenemos un huerto; pero no crea usted que me gusta más que este terrado.

Un conocido, que creo que es el fotógrafo, a quien encuentro en el Casino, y que trata de inculcarme el sentimiento de superioridad suyo y mío, por ser madrileños ambos, supone que me gusta mi prima, y no creo que esté en lo cierto.

Dolores y yo no nos entendemos; siempre estamos regañando. Yo le digo que estos pueblos valencianos no me gustan: blanco y azul, yeso y añil, no se ve más, todo limpio, todo inundado de sol, pero sin gracia, sin arte; pueblos que no tienen grandes casas solariegas, con iglesias claras, blanqueadas, sin rincones sombríos.

—A Fernando no le gusta nuestro pueblo —ha dicho ella a su madre en tono zumbón—. ¡Como él es artista y nosotros somos unos palurdos! ¡Como no hablamos con gracia el castellano y no decimos poyo ni cabayo como él!… Pues veas tú si eso es bonito.


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