Camino de perfeccion
Camino de perfeccion «Nada, me persigue la mala suerte», murmuro, y me pongo a contemplar la casa filosóficamente. Esta es de piso bajo solo, pintada de azul, y se halla casi al borde de la carretera. En el centro tiene una puerta que conduce al zaguán, y a los lados, ventanas enrejadas.
El zaguán, que ocupa todo lo ancho de la casa, termina por la parte de atrás en una hermosa galería, cubierta por un parral por arriba y limitada a lo largo por una valla, en la que se tejen y entretejen las enredaderas, las hiedras y las pasionarias, formando un muro verde lleno de flores y de campánulas.
De la galería se baja por una escalera al huerto, y el camino que de aquí parte concluye en un cenador, un tinglado de maderas y de palitroques sobre los cuales se sostienen gruesos trozos de un rosal silvestre lleno de hojas, que derrama un turbión de sencillísimas flores blancas y amarillentas.
A la entrada del cenador, sobre pedestales de ladrillo, hay dos estatuas, de Flora y Pomona; en el centro, debajo de la cortina verde del rosal silvestre, una mesa rústica y bancos de madera. Nos sentamos. Todos hablaban, menos Dolores, que parecía ensimismada estudiando las figuras de los azulejos de la pared.
—¿Qué representan? —le pregunté yo, para decir algo.