Camino de perfeccion

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Por la calle del Arenal fue hasta la Puerta del Sol. Eran las doce y media.

Llegó a Fornos y entró. En una mesa vio a un antiguo condiscípulo de San Carlos, que estaba cenando con una mujerona gruesa, y que le invitó a cenar con ellos.

Fernando contestó haciendo un signo negativo con la cabeza, y ya iba a marcharse, cuando oyó que le llamaban. Se volvió y se encontró a Paco Sánchez de Ulloa, que estaba tomando café.

Paco Sánchez era hijo de una familia ilustre. Se había gastado toda su fortuna en locuras, y debía una cantidad crecida. Eso sí, cuando se sentía vanidoso y se emborrachaba, decía que era el señor del estado de Ulloa y de Monterroto, y de otros muchos más.

Fernando contó, espantado, lo que le había sucedido.

—¡Bah! —murmuró Sánchez de Ulloa—. Si estuvieras en mi caso; no tendrías esos terrores.

—¿Pues qué te pasa?

—Nada. Que ha entrado un imbécil en el ministerio, una de esos ministros honrados que se dedican a robar el papel, las plumas, y me dejará cesante. Este otro que se ha marchado era una buena persona.

—Pues, chico, no tenía una gran fama.


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