Camino de perfeccion

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—No. Es un ladrón: pero siquiera, roba en grande. El dice: ¿Cuánto se puede sacar al año del ministerio? ¿Veinte mil pesetas? Pues las desprecia; las abandona a nosotros. Que luego divida a España en diez pedazos y los vaya vendiendo uno a Francia, otro a Inglaterra, etc., etc. Hace bien. Cuanto antes concluyan con este cochino país, mejor.

En aquel momento se sentó una muchacha pintada en la mesa en que estaban los dos.

—Vete, joven prostituta —le dijo Ulloa—; tengo que hablar con este amigo.

—¡Desaborío! —murmuró ella al levantarse.

—Será lo único que sabrá decir esa imbécil —masculló Fernando con rabia.

—¿Tú crees que las señoras saben decir más cosas? Ya ves María la gallega, la Regardé, la Churretes y todas esas otras si son bestias; pues nuestras damas son más bestias todavía y mucho más golfas.

—¿Qué, salimos? —preguntó Fernando.

—Sí. Vamos —dijo Ulloa.

Salieron de Fornos y echaron a andar nuevamente hacia la Puerta del Sol.

Ulloa maldecía de la vida, del dinero, de las mujeres, de los hombres, de todo.

Estaba decidido a suicidarse si la última combinación que se traía no le resultaba.


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